FM + TYGERS of PAN TANG

El filo del acero y la seda: noche británica en Barcelona
Hay conciertos que funcionan como máquinas del tiempo. No necesitan artificios ni nostalgia barata. Basta con subir el volumen, apagar las luces y dejar que el rock haga el resto. Y así fue el pasado 9 de abril de 2026 en la Sala Wolf: un viaje entre dos formas de entender el legado del hard rock, con TYGERS of PAN TANG y FM como maestros de ceremonias. Además, la Wolf rozó el lleno, confirmando que todavía hay una audiencia fiel —y exigente— para este tipo de propuestas. Poca juventud, como suele pasar en este tipo de conciertos, pero la vieja guardia sigue resistiendo. No se pierden ni uno.
El rugido que no envejece
A las ocho en punto, sin rodeos ni concesiones, los TYGERS saltaron al escenario. No hubo intro grandilocuente ni escenografía innecesaria: solo actitud, riffs afilados y las cosas claras desde el primer acorde. El arranque fue directo a la yugular, marcando territorio con ese heavy metal primigenio (NWOBHM) que ellos ayudaron a definir a finales de los setenta. Porque sí, hablamos de una banda que no solo sobrevivió al paso del tiempo, sino que sigue defendiendo su legado con una convicción casi militante.
El repertorio navegó entre pasado y presente con naturalidad, alternando clásicos de su etapa más icónica con material más reciente que, lejos de sonar forzado, encajaba como una evolución lógica. Había músculo, pero también oficio. Y sobre todo, había honestidad. El guitarrista Robb Weir —último guardián de la formación original— se erigía como el eje emocional del grupo, mientras la banda giraba a su alrededor con precisión quirúrgica.
Desde la apertura con “Love Don’t Stay”, la banda dejó claro que no venía a vivir del pasado, aunque pronto activaron la memoria colectiva con la imprescindible “Gangland”, uno de esos himnos que siguen funcionando como detonador inmediato en directo. El recorrido ganó fuerza con piezas más recientes como “Keeping Me Alive” o “Back for Good”, demostrando que su legado sigue vivo, antes de alcanzar otro de los puntos álgidos con “White Lines”. El guiño al pasado más remoto llegó con “Slave to Freedom”, pero fue en la recta final donde se concentró la verdadera comunión: la festiva “Love Potion No. 9” y, sobre todo, “Hellbound”, convertida ya en cierre casi ritual, reafirmando que hay clásicos que no pierden filo, solo ganan historia.
El público respondió con una mezcla de respeto y entrega. Cuando sonaron algunos de sus temas más celebrados, la conexión fue total. Los TYGERS no vinieron a calentar el ambiente. Vinieron a recordar que el heavy metal, en su forma más pura, sigue siendo peligroso.
Elegancia en llamas
Pero si la primera mitad de la noche fue acero, la segunda fue terciopelo incendiario. FM apareció con una presencia completamente distinta: más sofisticada, más melódica, pero no menos poderosa. Donde los TYGERS golpeaban, ellos envolvían. Donde unos atacaban, los otros seducían. El contexto era claro: celebración de un legado que se remonta a décadas atrás, con un repertorio construido sobre himnos de AOR y hard rock melódico que siguen funcionando como relojes suizos.
Desde el inicio, la banda dejó claro que su fuerte no es la nostalgia, sino la consistencia. Sonaron pulidos, compactos, con una ejecución impecable que evidenciaba años de carretera y un respeto absoluto por su propio material. La voz —limpia, cálida, casi intacta— de Steve Overland se movía con elegancia entre melodías que el público conocía de memoria. Y ahí estaba la clave: FM no necesita reinventarse porque su fórmula sigue siendo efectiva. Canciones que combinan estribillos memorables con una base instrumental sólida, sin excesos ni artificios.
FM construyeron su actuación como un viaje perfectamente medido entre presente y legado, donde los momentos más memorables estuvieron claramente identificados en un repertorio lleno de clásicos. El arranque con “Digging Up the Dirt” y “Killed by Love” sirvió para situar a la banda en su etapa más reciente, pero el verdadero punto de inflexión llegó al sumergirse de lleno en Indiscreet, con “That Girl” actuando como detonante emocional inmediato, seguida por himnos incontestables como “Other Side of Midnight” y culminando en “Dangerous”. Lejos de acomodarse, el grupo mantuvo el pulso con cortes más actuales como “Synchronized” o “Black Water”, antes de otro de los grandes bloques de comunión con el público: la descarga de Tough It Out, donde “Let Love Be the Leader”, “Someday (You’ll Come Running)”, “Does It Feel Like Love”, “Bad Luck” y “Tough It Out” funcionaron como una cadena de clásicos coreados sin fisuras. El cierre con “Turn This Car Around” puso el broche a un concierto que confirmó que, bajo la batuta de Steve Overland, la elegancia melódica sigue siendo un lenguaje universal.
Dos caras, un mismo idioma
Lo más interesante de la noche no fue la calidad individual de cada banda —que la hubo, y mucha—, sino el contraste entre ambas. TYGERS of PAN TANG representaban la crudeza, el origen, la electricidad sin filtrar de la New Wave of British Heavy Metal. FM, en cambio, encarnaban la evolución melódica, la sofisticación que llegó después sin perder la esencia. Dos caminos distintos nacidos del mismo lugar. Y sin embargo, lejos de chocar, se complementaron. Porque al final, lo que unía ambas propuestas era más fuerte que lo que las separaba: el compromiso con la canción, el respeto por el directo y la convicción de que el rock —cuando es auténtico— no necesita justificaciones.
Sin artificios, sin discursos innecesarios y sin concesiones: lo de aquella noche en la Wolf fue una demostración de oficio y personalidad. Tanto TYGERS of PAN TANG como FM dejaron claro que no viven de rentas, sino de un repertorio sólido y una actitud que sigue funcionando sobre las tablas. Puede que los años pasen, pero mientras haya bandas capaces de defender su legado así, el negocio sigue en pie.
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